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Por Daniel Olivares Villagómez.

  • Los “influencers” y el turismo.

Derivado de la avalancha tecnológica que se dio a partir del advenimiento de las denominadas redes sociales como Youtube, Facebook, Twittter o Instagram, nuevas formas de promoción no tradicionales, de pronto estuvieron al alcance de agencias de publicidad, de relaciones públicas y de gerencias y direcciones de mercadotecnia de las empresas y compañías turísticas.

Por su propia estructura, la mayoría de los seguidores de esta modalidad son necesariamente muy jóvenes; pertenecientes en su mayoría a la denominada “generación centenniall” o “z”, lo que ya de por sí constituye un factor de importancia a tomar en cuenta por parte de las marcas y empresas turísticas, sobre todo por el hecho de determinar que tanta influencia ejercen verdaderamente los jóvenes en la decisión de compra de productos turísticos.

Esto porque la mayoría de los consumidores en la edad que comprende a la generación “centenniall”, (nacidos después de 1994) se ubica actualmente apenas integrándose al mercado laboral, en el mejor de los casos, cuando no en franco desempleo, pues el porcentaje de paro en este rango se ubica en cerca del 55%, según la mayoría de las estimaciones. Esto ya da cierta idea del tipo de consumidor que representa para los negocios turísticos, pues tienen poco ingreso disponible, y, en razón de su relativa corta edad, son inexpertos en materia de viajes, y por lo tanto influenciables, pero al mismo tiempo volubles.

A los “Centenniall” Les cuesta mucho trabajo, cuando no son realmente incapaces, de interactuar en un mundo sin pantallas, incluso pueden alternar varias al mismo tiempo, y hasta llevan sus dispositivos a la cama. Han crecido sobreexpuestos a la información, y quizá por eso están más conectados a una realidad virtual, no auténtica; Además, la crisis económica y política ha marcado en gran medida su personalidad. No son en consecuencia tan aventureros o descubridores como podría pensarse, pues todo lo hacen a través de su smartphone, por lo que muchas de sus transacciones son por impulso (su capacidad de atención es de apenas 8 segundos) ya que han sido sometidos desde siempre a sobrecarga sensorial.

El escándalo y lo impactante es lo que más mueve a este tipo de consumidor, de ahí el éxito de los “influencers” más socorridos, lo que de acuerdo a acontecimientos ocurridos en últimas fechas, debería de llamar la atención de empresarios, promotores, publicistas y publirrelacionistas turísticos: ¿Qué tanto se justifica gastar en este tipo de modalidad, en el que el “influencer” más seguido termina en la cárcel, precisamente por alimentar el morbo? ¿Es sano asociar mi marca o imagen turística a este tipo de individuos?

Esta reflexión dista mucho de ser trivial para el turismo, pues la imagen de localidades, productos, negocios y empresas turísticos por definición debe estar alejada del escándalo, so pena de convertirse en un simple tema anecdótico.

La imagen turística implica templanza, tranquilidad, buen nombre, prestigio, buenas vivencias y experiencias. ¿hasta dónde la vorágine de los “influencers”, con su cauda de escándalos, impactantes amarillismos, ignorancia y exageraciones abona a su consecución y mantenimiento?

Importante es saber aprovechar las nuevas tecnologías sin caer en el inmediatismo, y más importante aun es aquilatar la probidad de los medios tradicionales de promoción turística, que están por fortuna a salvo de la influencia de los “influencers”.

  


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