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Por Daniel Olivares Villagómez.

  • Venecia cobrará por visitarla.
  • La dosificación turística.

El advenimiento del turismo masivo desatado por la aviación intercontinental en los años 50 del siglo pasado propició la primera gran ola de corrientes turísticas internacionales. Sin embargo, es en las últimas décadas cuando las nuevas modalidades de transporte, especialmente las denominadas de “bajo costo”, aunadas a la imparable explosión demográfica mundial, y al crecimiento sostenido de los estratos socioeconómicos medios con cada vez mayor capacidad de compra en muchos países populosos, especialmente en China y en la India, han hecho que cada vez más localidades turísticas se enfrenten a una sobredemanda impresionante, que en muchos casos amenaza la existencia misma de la localidad.

En este espacio se ha señalado que los atractivos turísticos, tanto naturales como culturales, tienen una cierta capacidad de absorción de visitantes, que, si se rebasa, acarrea innumerables trastornos y efectos nocivos con sus correspondientes costos. Y hemos mencionado que, así como un cine tiene un cierto número de butacas, más allá del cual no debe recibir espectadores, los atractivos turísticos también tienen un número de visitantes límite. Piénsese simplemente en la basura que generan digamos 10 000 visitantes diarios a una localidad. El recolectarla, trasladarla, procesarla y disponer de ella cotidianamente es un verdadero reto logístico al que se enfrentan los ayuntamientos y demás autoridades locales. Además, la saturación del espacio turístico lógicamente lo degrada y anula los beneficios que se supone el turismo conlleva. Esta situación ha sido estudiada en Venecia, uno de los destinos mundiales más visitados por millones de personas, con un espacio limitadísimo, en razón de su peculiar geografía, situación que ha generado ya una acusada animadversión de los pobladores locales hacia los turistas.     

Así, Venecia ha decidido luchar contra la saturación turística, y a partir del próximo verano (1º de junio de 2022) los visitantes deberán reservar y pagar electrónicamente por entrar a la ciudad. El precio de la entrada variará entre los 3 y los 10 euros, en función del día y la cantidad de personas. Las autoridades prevén colocar torniquetes con lectores “QR” en los accesos al centro histórico.

Y es que la ciudad recibe cada año 25 millones de turistas, pero sólo 11 millones pernoctan, lo que significa que cerca de 14 millones solo van a pasar el día. Se han registrado picos de afluencia de hasta ¡110 000 personas! en una sola jornada.

Desde luego la medida es polémica. Hay quienes dicen que contraviene la legislación europea, pero al margen de los diferendos, es innegable que la medida ya ha marcado un hito para los planificadores del turismo mundial: Ya también se habla en Europa de cobrar un impuesto a los viajeros aéreos calculado en razón de la huella de carbono emitida por los aviones, lo que afectaría principalmente a las aerolíneas de bajo costo. Igualmente, ciudades como Londres, hace ya tiempo que cobran una tarifa a los autos que penetran en su zona céntrica.

Así que por fin se están tomando medidas fuertes para evitar la saturación. En nuestro entorno urge su implementación, tras cuidadosos estudios, sobre todo en espacios naturales sobreexplotados, como las playas más populares o santuarios como el de la mariposa monarca. Solo así puede garantizarse la sustentabilidad y prevalencia de muchos atractivos y la empatía de la población local.


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