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El ver una araña ocasionalmente en la pared no suele molestar a los huéspedes en ninguno de los alojamientos ecoturísticos inaugurados hace poco en la recién terminada Carretera Fronteriza Meridional de Chiapas. La mayoría de esos huéspedes son europeos que han venido a saborear lo exótico y probablemente prefieran las arañas sobre los alacranes.
En cierto modo, el nombre de Carretera Fronteriza del Sur (Ruta 307) está mal puesto, por lo menos en el tramo recorrido por el Río Usumacinta. Más allá, Guatemala queda al este. La carretera, que antaño terminaba en Palenque, ahora bordea la Selva Lacandona y el sitio arqueológico de Bonampak. A las ruinas de Yaxchilan sólo se llega tomando una barca por el río.
La sensación de aventura aumenta por los ocasionales rótulos que informan al automovilista sobre el territorio zapatista que está recorriendo. Parecería que los numerosos puntos de control militar lo negaran. Los soldados tienen sus propios rótulos en los que se disculpan por las molestias causadas, explicando que están buscando narcóticos, armas e inmigrantes ilegales. La carretera debe ser la más protegida de todo México.
Las únicas demoras son causadas por los topes, que parecen estar colocados a pocos kilómetros entre sí, a menudo sin pintura y sin rótulo. Los guías saben dónde esperarlos.
Oímos decir que los indígenas, supuestamente tan aferrados a sus tierras ancestrales, han creado nuevas comunidades a ambos lados de la carretera y luego, molestos por todo ese tráfico, han colocado los topes para imponer límites de velocidad. A nadie se le puede culpar de eso, pero por lo visto ninguna autoridad se atreve a exigirles que avisen a los automovilistas dónde hay topes. La gente del lugar es muy susceptible.
Tan susceptible, de hecho, que Pemex se mantiene al margen. Cada nueva aldea tiene media docena de pequeños negocios que ofrecen vender gasolina a un alto precio. Si se pretendiera instalar un despacho legítimo de combustible, podrían destruirlo.
Algunas comunidades llegan hasta el extremo de cobrar cuotas a los que esperen llegar a algún atractivo turístico. La carretera que conduce a las Cascadas de Agua Azul, cerca de Palenque, pasa a través de dos ejidos, y cada uno cobra una cuota por el derecho de paso.
Poca es la gente que protesta. Es triste, sin embargo, que los operadores turísticos hayan boicoteado Bonampak, donde los lacandones cobran 70 pesos, precio que incluye el transporte al sitio arqueológico. Si se considera que sus ancestros crearon la pirámide, los templos y las pinturas del interior, ese gravamen no parece nada ofensivo. Lo que es ofensivo es privar a los turistas de una visita al más notable de todos los antiguos centros mayas.
Por suerte a los lacandones les va mejor con su Campamento Río Lacanjá, con sus cabinas en la selva, veredas para senderismo y descenso de ríos en lanchas de hule. Los alojamientos son bastante elementales, pero las mejores cabinas tienen baño privado y agua caliente en abundancia.
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